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25 septiembre, 2014

Raza y etnicidad desde las encuestas sociales y de opinión: dime cuántos quieres encontrar y te diré qué preguntar…

En este estudio, David Sulmont hace hincapié en los problemas teóricos y prácticos que encierran las diversas iniciativas para medir cuantitativamente las variables raza y etnicidad en el Perú. Señala que los estimados de la población indígena en el Perú varían entre el 5% y el 75% del total, según las preguntas y variables utilizadas.

Título Raza y etnicidad desde las encuestas sociales y de opinión: dime cuántos quieres encontrar y te diré qué preguntar…
Contribuidores David Sulmont
ISBN 978-9972-57-202-9

Capítulo de La discriminación en el Perú: Balance y desafíos

1. Problemas y métodos en la cuantificación de lo étnico
2. La etnicidad en algunas encuestas de sociales y de opinión 2005-2009
3. Comentarios finales
4. Pie de página
5. Bibliografía

El presente capítulo busca presentar algunas reflexiones respecto de los problemas teóricos, metodológicos y políticos relacionados con la identificación y cuantificación de personas pertenecientes a pueblos indígenas peruanos en las encuestas sociales.

A lo largo de la última década, varias investigaciones sociales realizadas en el Perú usando métodos cuantitativos han señalado consistentemente la correlación existente entre la pertenencia a pueblos indígenas y procesos de exclusión y discriminación social en nuestro país. En promedio, las personas u hogares identificados como “indígenas” por estos estudios son más pobres que el resto de la sociedad; tienen menores niveles educativos; acceden a puestos de trabajo menos calificados o se ocupan en actividades económicas de baja productividad; tienen menor acceso a servicios públicos o programas sociales, o cuando los tienen son de menor calidad (como educación o salud); han sido más propensos a ser víctimas de la violencia política (Comisión de la Verdad y Reconciliación [CVR] 2003); están menos representados en las instituciones de la democracia; etc.

A raíz de las elecciones del 2006 y algunos de los conflictos sociales experimentados a lo largo de los últimos años (Bagua en el 2009 o lave el 2004, por citar solo algunos), las particularidades de la acción política, la cultura política y el comportamiento electoral de los pueblos indígenas han sido objeto de reflexiones y debates tanto académicos como políticos, de muy variado grado de seriedad y sistematicidad.

Desde el punto de vista de la investigación académica, un problema central para estudiar estos fenómenos y procesos sociales es contar con definiciones claras y precisas que nos permitan identificar a los miembros de los “pueblos indígenas”. Este problema es particularmente sensible en el caso de los estudios cuantitativos basados en encuestas, ya que, en términos metodológicos, el concepto “pueblo indígena” debe operacionalizarse en un conjunto de indicadores que puedan ser replicados y comparables para cada unidad de análisis individual (la persona, el hogar).

PROBLEMAS Y MÉTODOS EN LA CUANTIFICACIÓN DE LO ÉTNICO

No existe consenso acerca de cuál debe ser la definición de “pueblo indígena” en América Latina más apropiada para una investigación científica. Rodolfo Stavenhagen sostiene que a pesar de la existencia de varias definiciones de “población indígena”, por lo general:

“(…) se trata de aquellos grupos humanos que pueden considerarse como descendientes de los pobladores originales de América, antes de la invasión europea, que en la actualidad manifiestan características culturales que los distinguen del resto de la sociedad nacional, y que por lo general ocupan una posición de inferioridad y de marginación económica y social frente al resto de la población” (Stavenhagen 1995: 151).

En el debate académico, hay cierta convergencia en el sentido de que una aproximación empírica al concepto de “identidad indígena” debe tomar en cuenta dimensiones tales como el idioma, las tradiciones culturales, el territorio y la autoidentificación, así como la relevancia que tienen estas dimensiones para la vida cotidiana de las personas.

Dimensiones como autoidentificación y tradiciones culturales requieren, para ser operacionalizables, contar con categorías precisas que sean resonantes para las personas, de tal forma que puedan ser utilizadas en instrumentos de observación empírica (como encuestas o entrevistas). Comunidad nativa, grupo étnico, indígena, pueblo indígena, pueblo originario, identidad quechua o aimara, mestizo, blanco, etc., son un ejemplo de las categorías que se utilizan en diferentes preguntas sobre autoidentificación étnica o racial en encuestas sociales. Algunas de ellas resultan ser más familiares que otras para los entrevistados; algunas parecen ser “equivalentes” pero arrojan diferentes mediciones empíricas de “grupos étnicos” o “pueblos indígenas” en nuestro país.

Rogers Brubaker sostiene que el concepto de “grupo étnico” (así como el de “grupo racial”) resulta ser más problemático que beneficioso para el análisis social. La utilización de este concepto hace que “tengamos la tendencia de dar por sentado no solo el concepto de ‘grupo’, sino también la existencia de ‘grupos’ -los entes putativos en el mundo al cual el concepto hace alusión” (Brubaker 2004: 7)1. Para Brubaker, esta tendencia, a la que llama “grupismo”, reifica categorías étnicas o raciales, presentando una imagen del mundo como compuesta por conglomerados de personas profundamente enraizados, claramente delimitados, autoconscientes y cuasi naturales. En vez de explicar por qué las personas o las sociedades se conciben a sí mismas como compuestas por grupos étnicos o raciales, los científicos sociales que adoptan un enfoque “grupista” describen esas sociedades usando estas categorías: “El sentido común étnico […] es una parte central de lo que debe ser explicado, mas no la herramienta con la cual queremos explicar las cosas” (Brubaker 2004: 9).

Con la finalidad de comprender los problemas de identidad, desigualdad y conflicto en sociedades multiculturales, Brubaker propone cambiar el enfoque analítico y las herramientas teóricas, concentrándonos particularmente en procesos dinámicos de construcción social de la realidad:

“La etnicidad, la raza y la nación deben ser conceptualizados no como substancias, cosas, entidades, organismos o colectivos de individuos -a lo que nos incitaría el imaginario de ‘grupos’ discretos, concretos, tangibles, delimitados y perdurables- sino más bien en términos relacionales, de procesos dinámicos, esporádicos y desagregados. Esto significa pensar en la etnicidad, la raza o la nación no como grupos o entidades sustantivas, sino como categorías prácticas, acciones situadas en un contexto específico, normas culturales, esquemas cognitivos, marcos discursivos, rutinas organizacionales, formas institucionales, proyectos políticos y eventos contingentes. Implica pensar en la etnicización, racialización y nacionalización como procesos políticos, sociales, culturales y psicológicos” (Brubaker 2004: 11).

Los cambios en los enfoques metodológicos utilizados en la investigación empírica para “medir lo étnico” son un reflejo de estos procesos dinámicos de “etnicización” de los que habla Brubaker. Existen dos grandes enfoques para medir las dimensiones de “raza” y “etnicidad” desde una perspectiva cuantitativa. La primera se concentra en procesos de categorización que usan marcadores culturales, raciales o étnicos supuestamente “objetivos”, tales como lengua materna, lugar de origen, religión o “color de la piel” (escalas cromáticas) para clasificar a las personas. La segunda aproximación usa la autoidentificación, en la que a los entrevistados de una encuesta se les pide que se autoubiquen en un rango de categorías étnicas, raciales o culturales.

Evaluando la experiencia de los Estados Unidos en la medición de la raza y la etnicidad en sus censos, Taeku Lee (2004) da cuenta de un cambio de un enfoque metodológico basado en la categorización hacia la autoidentificación con múltiples categorías, pasando antes por la autoidentificación con una sola categoría. Hasta la década de 1950, los reportes censales sobre composición étnica y racial en los Estados Unidos se construían sobre la base de encuestas donde el entrevistador censal registraba su propia observación acerca del color de la piel o la “ascendencia étnica” de los entrevistados, concebidos como indicadores “objetivos” de raza y etnicidad. En la década de 1960, el principal cambio introducido en la medición de la raza y la etnicidad en los Estados Unidos fue el preguntarles a los propios entrevistados que se autoidentifiquen en un rango de categorías étnico-raciales (African-American, Latino, White, etc.), descartando desde ese momento la observación del propio entrevistador. El segundo cambio importante ocurrió en el censo estadounidense del 2000, donde la pregunta sobre autoidentificación cambió de escoger una sola categoría a ofrecer al entrevistado la posibilidad de marcar más de una categoría étnico-racial. Ello abría la posibilidad a 63 permutaciones de identificaciones étnico-raciales (africano-asiático; afro-latino; latino-caucásico; etc.) y representó una transición hacia una visión más constructivista de la propia raza o etnicidad (Lee 2004: 3-4).

Estas alternativas y elecciones metodológicas reflejan la diferenciación entre lo que puede llamarse un concepto “fuerte” de identidad y otro “débil” o “suave”. Las nociones “fuertes” de identidad son más cercanas al sentido común del término: la identidad es algo que la gente tiene o debería tener, incluso si no es consciente de ello. Implican también postulados fuertes acerca de la delimitación y la homogeneidad colectiva de las identidades (Brubaker 2004: 37).

En contraste, conceptos “débiles” de identidad, como en los enfoques constructivistas, critican las concepciones “fuertes”, tratando de aprehender la fragmentación de las experiencias de construcción de la identidad individual en el mundo contemporáneo (moderna o postmoderna). De acuerdo con Brubaker, el problema con estos enfoques “débiles” de identidad es que pueden llevarnos a lo que él llama “constructivismo de cliché” o concepciones de identidad “empaquetadas con adjetivos que indican que la identidad es algo múltiple, inestable, que fluye, que es contingente, fragmentada, construida, negociada y así sucesivamente […] convirtiéndose en meros gestos que transmiten posturas más que significados” (2004: 38). Como resultado de ello, la “identidad” como concepto analítico pierde parte de su utilidad teórica para explicar un fenómeno social. De hecho, Brubaker sugiere deshacerse del concepto de identidad como herramienta analítica, ya que tiene significados muy contradictorios, y propone reemplazarlo por conceptos como categorización, autoidentificación, autocomprensión y consolidación o desestructuración de grupos.

En el caso peruano, hemos utilizado también varias estrategias metodológicas para aproximarnos a una medición empírica de la composición étnica y racial. Las categorías e indicadores empleados dan cuenta del dinamismo de los procesos de categorización experimentados por la sociedad peruana para describirse a sí misma.

Diferentes estudios y análisis muestran que en lenguaje cotidiano y en las prácticas sociales de discriminación, los peruanos seguimos utilizando un conjunto de categorías heredadas de la colonización española (Callirgos 1993, Portocarrero 1993, Manrique 1999, Santos 2003, De la Cadena 2004, Drzewieniecki 2004, Sulmont 2005). Muchas personas “fusionan” características físicas con conductas o características sociales, fijando estereotipos raciales que clasifican a los individuos en diversas categorías que además implican una jerarquía sociorracial. En una investigación realizada a inicios de la década del 2000 entre jóvenes universitarios y de últimos años de secundaria de Lima, Joanna Drzewieniecki encontró que la raza “es una categoría que tiene mucho sentido para los jóvenes. Si bien la cultura y el estatus socioeconómico importan, los jóvenes son conscientes del color de la piel y los rasgos faciales y muchos perciben una ‘jerarquía racial’ imaginada en el Perú que va aproximadamente de lo negro a lo blanco” (Drzewieniecki 2004: 20).

Si bien las categorías raciales son comúnmente utilizadas en el lenguaje y las interacciones cotidianas, hasta recientemente se consideraban demasiado controversiales o “políticamente incorrectas” como para ser utilizadas en espacios académicos y políticos, excepto para ser criticadas o denunciar al racismo. Existe una tendencia a evitar aludir a un discurso público de una sociedad que se autoconcibe como racialmente constituida. Las personas utilizan las categorías raciales para clasificar a otros, pero no son las más importantes cuando se trata de hablar de sí mismos.

En vez de “raza”, los científicos sociales han tratado de utilizar conceptos como “etnicidad” y “grupo étnico” para describir al Perú como una sociedad multicultural y para referirse a las poblaciones indígenas. Sin embargo, más allá del aura “políticamente correcta” de términos como “grupo étnico”, esas categorías no resultan resonantes para el común de la gente como para ser utilizadas como indicadores en una pregunta de una encuesta o entrevista (especialmente entre las personas supuestamente “indígenas”).

Las categorías empleadas para clasificar a los peruanos en términos étnicos o raciales son bastante fluidas. El problema no es que estas cambien (lo hacen un poco, pero el número de categorías “disponible” es algo limitado), el problema principal -en términos metodológicos- es que la gente puede moverse entre estas categorías, y al hacerlo su significado cambia, incluso si las etiquetas lingüísticas siguen siendo las mismas.

Un ejemplo de ello es el trabajo pionero de Aníbal Quijano (1980), donde analiza las nuevas identidades sociales y culturales asociadas a los procesos de urbanización y modernización de la sociedad peruana en la segunda mitad del siglo XX. Quijano sostenía que en el proceso un nuevo grupo social, el “grupo cholo”, emergió a partir de la confluencia entre las tradiciones e identidades andinas y campesinas con la experiencia moderna de la ciudad y el mercado capitalista. Lo “cholo”, inicialmente un término despectivo con el cual se hacía alusión a los “indios” en el Perú, es concebido por Quijano como un nuevo grupo o categoría sociocultural construida a partir de la experiencia de movilidad social de migrantes de origen indígena en las ciudades. El “cholo” se diferencia del “mestizo” en la medida en que esta última categoría es más cercana al significado biológico de la mezcla entre poblaciones europeas, africanas y nativas durante la colonización española. Teóricamente, lo “cholo” puede ubicarse a medio camino entre concepciones “fuertes” y “débiles” de identidad, ya que, para Quijano, esta nueva categoría social supone la exis­tencia de un “núcleo andino” de autoidentificación, combinado con las innovaciones culturales de la experiencia “moderna” en la ciudad. En ese sentido, tal y como lo propone este autor, lo cholo es una categoría de transición, el producto de un proceso dinámico de profundas transformaciones sociales, económicas y culturales en la sociedad peruana; de hecho, Quijano llama a este proceso el “proceso de cholificación”.

En un trabajo más contemporáneo, Marisol de la Cadena (2004) sostiene que en América Latina en general, y en el Perú en particular, se ha desarrollado un tipo de “definición cultural de la raza” que es distinta del sentido biológico del término. Como todos sabemos, “taxonómicamente” hablando no existe sino una “raza humana”; por ende, si una sociedad se concibe a sí misma como dividida entre diferentes grupos raciales, se trata de un proceso de categorización de origen puramente social. El “racismo cultural” del que habla De la Cadena crea una jerarquía cultural en nuestras sociedades al mezclar la cultura con el estatus socioeconómico: la cultura indígena de las poblaciones campesinas pobres en el extremo más bajo; la cultura occidental de las clases sociales más acomodadas en el extremo más alto. De esta manera, se produce un conjunto de prácticas discriminatorias en contra de las personas identificadas con el extremo inferior de esta jerarquía.

Este “racismo sin razas” puede incluir algunos rasgos fenotípicos pero, en última instancia, estos están subordinados a las características raciales y culturales. Es por eso que el color de la piel puede ser utilizado para categorizar y ubicar a las personas en una jerarquía sociocultural, pero, al mismo tiempo, esta categorización no es fija, se vuelve fluida o imprecisa en la medida en que la gente puede moverse a través de esta jerarquía al adquirir mayores niveles educativos o socioeconómicos. El fenómeno de los “indígenas mestizos” que De la Cadena estudia en el Cusco es un ejemplo de esta fluidez y movilidad. En este caso, el significado de las categorías étnicas y/o raciales está sujeto a cambios provocados por procesos de movilidad social; las personas pueden convertirse en mestizos y continuar siendo indígenas (conservar el idioma y ciertas prácticas culturales y artísticas) pero dejando de lado el estigma de la “indianidad” (la pobreza y exclusión de las poblaciones rurales campesinas) cuando adquieren una mayor educación o mejoran su situación económica.

La metamorfosis de las categorías simbólicas que se usan para describir a la sociedad peruana tiene importantes implicancias para los temas que estamos discutiendo. Como indica Brubaker, el uso que algunas personas o instituciones hacen de estas categorías puede tener un impacto profundo en la manera como la gente y la sociedad se concibe a sí misma. El Estado, en particular, es un poderoso “categorizador” que puede reforzar o debilitar un sistema clasificatorio étnico o racial mediante su aparato de estadísticas oficiales, de los archivos públicos, de su política de manejo del territorio, de los procedimientos administrativos o incluso del currículo escolar. Estos procesos no necesariamente crean identidades o grupos, pero “hacen que ciertas categorías estén más fácilmente disponibles y tengan cierta legitimidad para ser utilizadas para representar a la realidad social, enmarcar reclamos o demandas políticas u organizar la acción colectiva” (Brubaker 2004: 54).

La última vez que un censo midió la distribución de categorías raciales en el Perú fue en 1940. Después de ello, las estadísticas oficiales dejaron de “medir la raza” y se enfocaron en marcadores étnicos y culturales menos controversiales y supuestamente más “objetivos”, como el idioma. Este cambio metodológico se produjo en medio de un conjunto de proyectos de reforma social impulsados por el Estado que pretendían modernizar a la sociedad peruana, reforzar la unidad social y enfrentar el problema del conflicto social durante la segunda mitad del siglo XX. Como parte de ello, se comenzaron a transformar las categorías culturales y raciales que venían siendo utilizadas para referirse a las diferenciaciones estamentales existentes durante el régimen oligárquico. Con la finalidad de señalar un corte fundamental respecto de estas formas tradicionales de categorizar a algunos grupos sociales en el Perú, el discurso oficial comenzó a hablar de “campesinos” en vez de “indios” (Figueroa y Barrón 2005: 17).

En años recientes, varios centros oficiales de estadística en América Latina (Lloréns 2002, Schkolnik 2009) e institutos de investigación social han renovado sus esfuerzos para “medir” o cuantificar a los pueblos indígenas o representar la diversidad multicultural de sus sociedades en sus estadísticas oficiales. En gran medida, estos esfuerzos buscan visibilizar las situaciones de exclusión y discriminación social de las cuales son víctimas grandes sectores de los pueblos indígenas, incluso con graves consecuencias trágicas como en los conflictos armados internos de Guatemala y el Perú. También coinciden con la movilización política de grupos indígenas en diversos países del continente y la creciente sensibilidad internacional hacia la situación y problemática de las minorías étnicas en el mundo, los pueblos originarios o las poblaciones indígenas de América Latina y el Perú. En 1993, el Perú ratificó la Convención Nº 169 de la Organización Internacional del Trabajo sobre pueblos indígenas, y desde el 2001 se han dado algunas medidas para intentar incluir a las poblaciones indígenas en las estructuras formales del Estado2; enfocar algunos programas sociales diseñados para luchar contra la pobreza y la exclusión; o penalizar la discriminación en locales públicos o privados con dispositivos legales de alcance nacional o local.

Metodológicamente, estos esfuerzos por visibilizar en las estadísticas sociales a los pueblos indígenas o la diversidad multicultural de nuestras sociedades han adoptado un enfoque centrado en la etnicidad, es decir en la identificación de colectividades que se autodefinen y son definidas por los demás en función de determinados elementos comunes como el idioma, la religión, la tribu, la nacionalidad o la raza, o una combinación de estos, y que comparten un sentimiento de identidad común con otros miembros del grupo (Schkolnik 2009, Stavenhagen 1995). Este tipo de enfoque concibe la identidad étnica como multidimensional, por lo que se sugiere que los proyectos de investigación que intenten producir estimados cuantitativos de ese fenómeno deben incorporar y operacionalizar en indicadores empíricos por lo menos cuatro de estas dimensiones (Schkolnik 2009: 67), algunas de las cuales vienen expresamente recomendadas por organismos internacionales como el Banco Mundial o las Naciones Unidas: autorreconocimiento de la identidad; origen común; cultura y territorialidad. En varias encuestas y censos que “miden lo étnico”, además de las preguntas sobre idioma materno o religión, se incluyen otras respecto del idioma de los padres, lugar de nacimiento propio y de los padres, idioma más utilizado en casa, autoidentificación con una gama de categorías étnicas, entre otras. En otras palabras, se emplea una combinación de marcadores “objetivos” con indicadores de autoidentificación.

Este “mix” de indicadores y marcadores étnicos plantea una serie de problemas teóricos, empíricos y políticos que es necesario ponderar; para ello, haremos una revisión sucinta de algunos de los indicadores usados en encuestas sociales y de opinión pública en el Perú, y sus resultados.

En un trabajo previo (Sulmont 2011), hicimos una breve comparación de los indicadores utilizados en algunas investigaciones cuantitativas realizadas entre el 2004 y el 2006. Como puede verse, los estudios mostrados en el cuadro 1 han empleado una variedad de técnicas, desde categorizaciones usando marcadores “objetivos” hasta pre­guntas de autoidentificación (simple o múltiple) con una lista de categorías “étnico-raciales”, así como enfoques que han empleado ambos tipos de técnicas. Estos estudios muestran diferencias entre enfoques “constructivistas” que usan autoidentificaciones con categorías múltiples (Ñopo, Saavedra y Torero 2004; Drzewieniecki 2004; Sulmont 2005) respecto de aquellos que usan la pregunta de autoidentificación con una sola categoría (por ejemplo, PNUD 2006).

étnica

También es posible apreciar cómo en los estudios donde se puede hacer un estimado acerca del tamaño de la población indígena, estos varían de manera importante. Por ejemplo, Barrón y Figueroa calculan el tamaño de la población indígena observando el lugar de nacimiento de los encuestados en las Enaho 2002, y diferenciando entre provincias “históricamente indígenas” de aquellas que no lo son; el resultado es un estimado de casi 75% de población indígena en el Perú en el 2002. En contraste, si se emplea solo la lengua materna del jefe de hogar de acuerdo con la Enaho 2001, el estimado de “hogares indígenas” es de 19,2% del total de hogares del Perú.

LA ETNICIDAD EN ALGUNAS ENCUESTAS DE SOCIALES Y DE OPINIÓN 2005-2009

A continuación, nos parece interesante hacer un ejercicio comparando las diferentes maneras como algunas encuestas de opinión en los últimos años han medido la variable de etnicidad y los resultados a los cuales han llegado. Los estudios que vamos a utilizar son: la Enaho 2009; la encuesta del Barómetro de las Américas del proyecto Lapop del 2008; la Encuesta Mundial de Valores 2006 (EMV 2006); y la Encuesta sobre la Democracia en el Perú realizada por el PNUD el 2005 (PNUD 2006).

En las cuatro encuestas, se hizo una pregunta de autoidentificación con categorías étnico-raciales, cuyos resultados se presentan en los siguientes cuadros:

racial Enaho

racial Lapop

racial Pnud

En primer lugar, los ítems empleados en las preguntas de autoidentificación de la Enaho, la EMV 2006 y PNUD 2005 combinan categorías de tipo cultural basadas en el idioma (quechua, aimara), geográfico (de la Amazonía) y racial (blanco, negro, mestizo). Mientras que la pregunta de Lapop 2008 usa categorías más de tipo racial.

En el caso de las encuestas de Enaho, la EMV 2006 y PNUD 2005, la estimación de quiénes serían parte de pueblos indígenas y quiénes no, usando esos indicadores, sería el producto de una elaboración hecha por el investigador (operación no exenta de problemas, como veremos más adelante), quien tiene la capacidad de decidir cómo agrupar las categorías “indígenas” distinguiéndolas de las “no indígenas”. En el primer caso, la agrupación se haría sobre la base de categorías “lingüístico-culturales” y “geográfico-territoriales”, mientras que los no indígenas se definen en términos más propiamente raciales. En el caso de Lapop 2008, todas las categorías comparten un referente conceptual más homogéneo: la raza.

Las diferentes alternativas empleadas producen resultados cuantitativos distintos. Algunas diferencias pueden explicarse parcialmente por el hecho de que las preguntas están dirigidas a públicos objetivos distintos. Por ejemplo, en la Enaho 2009, la pregunta se aplica al jefe de hogar, mientras que en las demás encuestas la pregunta se hace a una muestra representativa del conjunto de la población adulta, incluyendo a quienes no son jefes de hogar. Por otro lado, las encuestas que usan una combinación de categorías culturales, geográficas y raciales (Enaho, EMV y PNUD) tienen resultados más parecidos entre sí, donde el estimado de poblaciones indígenas oscila entre 26,3% (PNUD) y 36% (Enaho), y netamente mucho mayores que la encuesta de Lapop (7%), que emplea categorías más propiamente raciales.

Otro elemento importante es que si comparamos las encuestas de Enaho, EMV y Lapop, las tres usan las mismas etiquetas para referirse a las categorías no indígenas más frecuentes (mestizos y blancos) con resultados muy distintos. Los que se autoidentifican como mestizos en la Enaho y la EMV son entre el 55,3% y 52,4% de los entrevistados, mientras que en el caso de Lapop llegan a ser el 75,9%. Ello nos lleva a la conclusión de que identificarse o no como “mestizo” depende mucho del tipo de alternativas adicionales que se le presenten al entrevistado. Categorías alternativas “no mestizas” basadas en referentes lingüísticos, culturales o geográficos (quechua, aimara, de la Amazonía) disminuyen la probabilidad de “verse como mestizo”, mientras que alternativas más raciales, como “indígenas”, la incrementan. Estos resultados son indicador de que la categoría “indígena” carga con un estigma social asociado a la historia de discriminación de los “pueblos indígenas” en nuestro país y que por ello no resulta ser una etiqueta demasiado “atractiva” para que los peruanos la usen para describirse a sí mismos.

Pero ¿cómo cambian las cosas cuando usamos una batería más compleja de indicadores? Como hemos visto en la sección precedente, la recomendación metodológica para enfrentar un problema multidimensional como la etnicidad es el utilizar varios indicadores referentes de otras dimensiones (autoidentificación, idioma, territorio, cultura). De las cuatro encuestas examinadas, dos -Enaho y Lapop-, además de la pregunta sobre autoidentificación, preguntan sobre lengua materna. Adicionalmente, Lapop pregunta por idioma de los padres e identificación racial de la madre.

En el siguiente cuadro, podemos apreciar diferentes estimados del porcentaje de jefes de hogar que podrían clasificarse como indígenas según los indicadores usados por la Enaho.

indígena Enaho

Si nos basamos únicamente en el indicador de autoidentificación, como ya se ha visto, el porcentaje de jefes de hogares que podrían clasificarse como indígenas de acuerdo con la Enaho sería de 36,7%. En cambio, si utilizamos solo el indicador de lengua materna, este porcentaje sería de 27,9%. La combinación de cualquiera de los dos indicadores daría una población indígena del 40%. Es interesante además anotar que 12,1% del total de jefes de hogar serían considerados indígenas por autoidentificación, mas no por idioma. En otras palabras, podría decirse que al usar solo la lengua materna se “subestima” la población indígena en 12,1%, mientras que al usar solo el indicador de autoidentificación con categorías étnico-raciales, la “subestimación” de la población indígena sería de 3,3%.

En el caso de Lapop sucede lo contrario. Usando preguntas sobre lengua materna o lengua de los padres, obtenemos estimaciones de población indígena superiores a las que obtendríamos utilizando únicamente los indicadores de autoidentificación con las categorías étnicas o raciales (ya sea de sí mismo o de la madre del entrevistado).

Indígena Lapop

Otro elemento interesante es que si observamos la relación entre los indicadores de autoidentificación o clasificación de entrevistados como pertenecientes a poblaciones indígenas y otras variables, como la edad, encontraremos algunas pistas sobre la dinámica de los procesos de categorización étnica y racial en la sociedad peruana. Es un hecho conocido que el porcentaje de personas que tienen un idioma nativo como lengua materna va reduciéndose en generaciones más jóvenes. Ello tiene que ver con la dinámica de migración de la población y el hecho de que los hijos de padres quechuahablantes que se instalan en centros urbanos se socializan en medios más “castellanizados” donde hablar un idioma nativo puede ser un estigma o una habilidad poco apreciada. Sin embargo, la autoidentificación con categorías asociadas a “lo indígena” no sigue esta misma tendencia.

indicadores Enaho

En el gráfico 1 se aprecia cómo el porcentaje de jefes de hogar de la Enaho que tienen un idioma nativo como lengua materna disminuye con la edad, especialmente de los 60 años para abajo. A pesar de ello, el porcentaje de personas que se autoidentifican con categorías “indígenas”, algunas de ellas basadas en criterios lingüísticos (quechua y aimara) oscila entre 30% y 40% en todos los grupos de edad, sin que se note una tendencia directa o inversa clara entre ambas variables, a pesar del hecho de que en el grupo más joven (menos de 20 años), el porcentaje de “indígenas” es menor.

Si observamos un gráfico análogo elaborado con los datos de Lapop, notamos una tendencia similar, solo que, como ya se ha visto, los “indígenas” resultan ser “más numerosos” cuando se usa el idioma como indicador que cuando se usa la variable de autoidentificación de esta encuesta3.

Estos resultados nos confirman que los procesos sociales de categorización o de identificación de “lo indígena” (o de lo “no indígena”) son multidimensionales y forman parte de dinámicas de cambio cultural intergeneracional. Las generaciones más jóvenes pueden ir perdiendo algunas características centrales de “lo indígena”, como el idioma, pero pueden seguir identificándose con una cultura “indígena” debido a sus orígenes sociales y familiares. Hasta qué punto esta identificación valora positiva o negativamente la multiculturalidad de nuestro país es un tema complejo. Existe obviamente un reconocimiento de una “herencia” cultural andina (la identificación con lo quechua o lo aimara) que puede tener una valoración positiva para las personas. El reconocimiento de la “indianidad” es algo más relativo, ya que la etiqueta “indígena” en el lenguaje cotidiano parece mantener una carga de estigma social bastante grande. Aun así, el hecho de que ciertas personas decidan autoidentificarse con esa etiqueta lingüística puede ser un indicador del cambio de significados de las categorías que empleamos para describirnos a nosotros mismos.

indicadores Lapop

 

Otro tema de discusión es qué tan relevante es la identificación con lo indígena en las diferentes dimensiones de la vida social de una persona. Como ha sido mencionado, las poblaciones que pueden identificarse como indígenas suelen ocupar posiciones de inferioridad y marginación económica y social frente al resto de la población. Estas posiciones de inferioridad no son solo “objetivas”, es decir medibles con indicadores socioeconómicos (educación, ingreso, acceso a servicios públicos, cobertura de necesidades básicas, etc.), sino también son percibidas subjetivamente.

En un estudio de opinión realizado en el 2005 (Sulmont 2005), encontramos que menos del 15% de los entrevistados consideraban que los indígenas logran hacer valer sus derechos siempre o casi siempre en nuestro país; en contraste con cerca de un 50% que opinaba que los mestizos podían hacerlo; mientras que más del 80% de los entrevistados pensaba que un blanco era capaz de hacer valer sus derechos siempre o casi siempre.

derechos

En esa misma investigación, se elaboró una escala de discriminación experimentada por los entrevistados en diversas situaciones de su vida cotidiana (Sulmont 2005: 20-7). Los encuestados que podían identificarse como indígenas (ya sea por idioma, autoidentificación o lugar de origen) tenían puntajes en dicha escala significativamente mayores que el resto de los entrevistados.

Sin embargo, más allá de la correlación existente entre situaciones de inferioridad social (objetiva o subjetiva) e identificación indígena, muchas personas piensan que la dimensión étnica o racial ha venido perdiendo importancia como determinante de la trayectoria o posición social que se ocupará en la sociedad. En una encuesta realizada en localidades de Huanta (Ayacucho), Bambamarca (Cajamarca) y San Juan de Lurigancho (Lima), el 2005 (Sulmont 2011), el 46% de los entrevistados opinaba que las características raciales de una persona son menos importante ahora que hace algunos años, mientras que solo el 24,7% pensaba que eran más importantes ahora que en el pasado. En esa misma encuesta, se les preguntó a los entrevistados a partir de una lista de características individuales cuáles consideraban que eran las tres más importantes en el momento de pensar en definirse a sí mismos. La gran mayoría de las personas escogió el género (69,4%) y su trabajo u ocupación (52,4%).

COMENTARIOS FINALES

Como hemos visto, el uso de diferentes categorías y estrategias metodológicas para representar en mediciones cuantitativas a grupos étnicos o pueblos indígenas arroja resultados bastante variados en términos de su magnitud. Más allá de esa variación, independientemente de la medida que se emplee, resulta importante anotar que al cruzarse con otros indicadores socioeconómicos o de opinión pública, se encuentran consistentes correlaciones entre pertenencia a categorías “indígenas” y situaciones de exclusión y marginación social (objetiva o subjetiva).

Algunos autores son bastante críticos respecto de los esfuerzos de registro estadístico de poblaciones indígenas o grupos étnicos; por ejemplo, Lavaud y Lestage afirman que, con ellos:

“Se tiende absolutamente, por razones políticas y económicas, a hacer aparecer ‘pueblos’ o ‘culturas’ distintos. Las posiciones sociales relativas se convierten así en diferencias de esencia. Se ignoran, por lo tanto, las identificaciones variadas, los mestizajes cotidianamente en obra, y se recurre para ello a los medios oficiales. Obviamente, los registros van a lograr lo que buscan: ‘visibilizar’ y legitimar la existencia de mosaicos identitarios nacionales y luego, sin duda, institucionalizar la fragmentación” (Lavaud y Lestage 2009: 65-6).

Un problema señalado por estos autores es que las preguntas sobre autoidentificación empleadas en algunas de las encuestas que hemos reseñado pueden reificar las categorías o identificaciones bajo la forma de identidades únicas y exclusivas, construyendo una visión “grupista” de lo étnico (siguiendo el término usado por Brubaker), sin que necesariamente la gente que es encuestada efectivamente sienta que el autoidentificarse como “quechua” o “mestizo” lo haga ser parte de un grupo claramente delimitado y “ontológicamente” diferente de los demás.

Por otro lado, cuando se usan marcadores “más objetivos” como el idioma o el lugar de nacimiento, aparece el problema de pasar de los “datos de hecho a la rotulación y etiquetación étnica” (Lavaud y Lestage 2009: 66), es decir, asignarle a una persona cuya lengua materna es el quechua la pertenencia al grupo o categoría de “indígenas”. Por lo general, esta rotulación es hecha por los investigadores a posteriori, usando un conjunto de criterios basados en la diferenciación indígena – no indígena que existe en una sociedad concreta. De ahí el riesgo de que las mediciones de poblaciones indígenas hechas a partir de los diferentes indicadores empleados en las encuestas reproduzcan “matrices preformadas de conjuntos de individuos indios”, convirtiendo un trabajo supuestamente científico en un cálculo más bien ideológico y político (Lavaud y Lestage 2009: 67).

Es evidente que todos estos riesgos y problemas metodológicos, teóricos y políticos están presentes, y lo seguirán estando, en los trabajos que busquen una aproximación cuantitativa de lo étnico y racial en nuestras sociedades.

Emplear estas herramientas metodológicas puede producir “grupos” ahí donde no existe sino reconocimiento de ciertas influencias y herencias culturales en la formación de las identidades individuales y sociales, pero sin que ello marque fronteras inamovibles y esenciales entre las personas. También se corre el riesgo de “esencializar” y “naturalizar” diferencias sociales que son producto de relaciones de poder y procesos dinámicos tanto económicos y culturales como políticos, dando así la impresión de una sociedad con divisiones “insuperables” o fragmentadas en grupos que tienen o pueden tener poco en común.

Sin embargo, no reconocer la existencia de correlaciones entre determinadas características socioculturales y situaciones de exclusión, dominación, discriminación y precariedad social podría contribuir también a invisibilizar injusticias y desigualdades sociales, históricas y contemporáneas, evacuando de la agenda pública y la discusión política problemas que afectan la vida cotidiana de millones de personas y que impiden la construcción de una ciudadanía realmente moderna basada en los principios de igualdad, libertad y tolerancia (o fraternidad).

La politización de los problemas étnicos y raciales de una sociedad es un arma de doble filo: puede contribuir a reducir las desigualdades y construir una sociedad más integrada, y significar una búsqueda activa y autónoma por el reconocimiento como ciudadanos plenos de personas que han sido y vienen siendo tratadas como ciudadanos de segunda categoría. Pero también puede exacerbar el conflicto entre comunidades que marcan fronteras “esencialistas” entre sí, contribuyendo a la fragmentación social. La manera como se construyen los proyectos políticos y las agendas públicas de las propias poblaciones que se suelen identificar como indígenas (por ellos mismos y por los otros) determinará qué tipo de politización de lo étnico tendrá una sociedad. Por el momento, las expresiones políticas que ha experimentado la sociedad peruana de sectores que podrían identificarse como pueblos indígenas apuntan más bien hacia la dirección de la reivindicación de una ciudadanía más inclusiva y moderna, aunque lamentablemente con escasa acogida desde los principales centros de poder nacional.

Volviendo a lo metodológico, algunas personas pueden considerar como problemático que diferentes indicadores de “etnicidad” y “raza” produzcan resultados bastante disímiles. Por ejemplo, es difícil asignar una “cuota indígena” en las elecciones municipales si no sabemos quiénes son y cuántos “indígenas” hay. Lo mismo puede decirse respecto de la focalización de determinados programas sociales o políticas públicas. Si se busca captar “identidades verdaderas” (en el sentido de conceptos “fuertes” de identidad), estos problemas de medición podrían considerarse bastante serios. Sin embargo, si la investigación adopta un enfoque dinámico que busca comprender cómo funcionan los procesos de autoidentificación y categorización étnico-raciales en nuestras sociedades, los estimados cuantitativos disímiles de diferentes técnicas de medición de “lo étnico” no son un “problema técnico” sino más bien un indicador de prácticas sociales y fenómenos simbólicos que tienen lugar en la sociedad.

Una conclusión que podemos extraer de las discusiones sobre cómo medir lo racial y lo étnico en el Perú es que las etiquetas que intentan describir o identificar a las personas étnica o racialmente representan más bien prácticas sociales que entidades ontológicas. Las personas “saben” cómo usarlas, tanto para referirse a sí mismas como, especialmente, a los demás, identificando(se) a individuos (o a sí mismos) de acuerdo con determinados estereotipos étnicos o raciales. La falta de precisión o de consenso respecto de la delimitación conceptual de estas categorías no es un problema metodológico, sino más bien un síntoma de nuestra dinámica social, donde las desigualdades sociales concurren con diferencias o matices culturales, y donde los procesos de autoidentificación y categorización deben enfrentar la herencia cultural y el estigma social de una sociedad jerárquica que al mismo tiempo atraviesa por los procesos de modernización social, democratización política y movilidad social propios de una sociedad capitalista y (esperemos cada vez más) democrática contemporánea.

PIE DE PÁGINA

1. Traducción propia, así como en el resto de las citas.

2. Por ejemplo la “cuota indígena” en las elecciones locales, en institutos públicos como la Conapa o el Indepa y, más recientemente, dentro del nuevo Ministerio de Cultura.

3. En el gráfico elaborado con datos de Lapop, los entrevistados están agrupados en grupos decenales de edad, a diferencia del que se hizo con la información de la Enaho, donde los entrevistados están agrupados en grupos quinquenales. Ello se debe a que la muestra de Lapop es mucho más pequeña que la de la Enaho.

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Bases de datos

Las bases de datos y las fichas técnicas de las encuestas empleadas en este documento pueden consultarse y descargarse de los siguientes lugares.

ENCUESTA MUNDIAL DE VALORES
Última visita: 20/06/2010

INEI. ENCUESTA NACIONAL DE HOGARES 2009
Última visita: 20/06/2010

PNUD. ENCUESTA SOBRE LA DEMOCRACIA EN EL PERÚ 2004
Última visita: 20/06/2010

THE AMERICAS BAROMETER BY THE LATIN AMERICAN PUBLIC OPINION PROJECY (LAPOP)
Base de datos Perú 2008. Última visita: 20/06/2010

Agradecemos al Latin American Public Opinion Project (Lapop) y a sus principales auspiciadores (la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas, el Banco Interamericano de Desarrollo y la Universidad de Vanderbilt) por hacer disponibles sus datos.